UN MES DESPUÉS
LETICIA
—¿Entonces qué voy decirle? —le preguntó su padre.
—Nada —contesté sorbiendo mi café, sosteniendo la taza como una barrera.
Había llegado a Madrid hace un mes y me había refugiado en una pequeña casita en las afueras de la ciudad. No quería que Alessandro me encontrara sin antes superar mi desilusión.
—De acuerdo —dijo mi padre—. Pero al menos deberías tener el valor de decírselo a la cara en lugar de huir y esconderte.
Me mordí el labio inferior. Dolía que mi padre apoya