—Vaya… ¿decidiste hacerme caso? —tuve que obligarme a no rodar los ojos en cuanto escuché esa voz. Lo último que necesitaba eran las tonterías de Leila—. Ya no pareces la pordiocera de hace unos días, casi ni te reconozco.
Con cuidado, bajé el tenedor y lo dejé en la bandeja. Lo poquito que me había obligado a comer desapareció al instante con su presencia. Apenas era mediodía, y la cita con el abogado sería en dos horas. Conociendo a Donovan, seguro estaríamos allí media hora antes.
Ni siquier