A Brianna se le revolvió el estómago de solo escucharlo, pero él seguía y seguía, metiendo la pata hasta el fondo.
—El que ahora seas la señora Beresford no te da derecho a nada, ¿entendiste? Solo hice esto para sacarme al chicle de mi abuelo de encima y que dejara de fastidiarme la vida. No sé quién eres, ni me importa. Solo procura no meterte en mi camino y estaremos bien.
Aquellas palabras resonaron con tan poca soltura que chirriaron en los oídos de la muchacha. ¿De qué le servía tener una