Capítulo 6

POV Bastian:

Creo que... me he enloquecido por completo.

La calada que le doy a mi habano es tan profunda como el mar de pensamientos que desordena mi mente. El aire denso sale por mis fosas nasales, dejando un leve ardor a su paso, pero nada de lo que he hecho me da las respuestas que necesito. ¿Por qué diablos acepté a esa mocosa? ¿Esa mocosa que ni siquiera le llega a la fragancia de una mujer?

Siendo franco, no hay una maldita respuesta a toda esta locura. Diciendo la cruda realidad, esa niña no tiene el más mínimo atractivo. Estaba hecha un completo desastre. Sucia, descuidada, su cabello tan opaco y carente de vida, su piel tan pálida como un papel y carente de algún atisbo de vida. Su cuerpo tan pequeño y frágil, sin curvas, sin nada. No es mi tipo, definitivamente no lo era.

"Estoy dispuesta a pertenecerte. Seré... tuya".

Esas palabras, pronunciadas con aquella mirada fija en mí, desatan en mi interior una intensa satisfacción. Esos ojos. ¡Joder! Esos ojos que despiertan aquellos demonios que ansío esconder y que pensé que yacían dormidos en mi interior. Y lo más perverso de todo es que esos demonios no parecen querer dañarla; ellos quieren algo mucho más profundo.

¿Qué rayos me pasa con esa chiquilla?

Miro la penumbra del espeso bosque a través de la ventana de mi estudio y, por más que trato, no puedo sacar de mi mente a esa niña de ojos oliva. Algo muy jodido me pasa, sin duda.

—Al fin el infierno acabó con mi poca cordura... —murmuro para mí, burlándome con amargura de mi tonta situación.

Esos ojos color oliva deben tener un hechizo, una maldita brujería se debe esconder detrás de esos orbes olivas. Esto no es algo usual en mí, estar dispuesto a esperar a una niña que ni siquiera me excita. ¿¡Y seis putos años!? Eso no tiene sentido.

Son esos ojos, lo sé. Olivas con destellos dorados que me cautivaron. ¿O quizás fue lo que escondía esa mirada? Ella con su boca decía que era mía, pero esos ojos me hacían dudarlo. Detrás de ese miedo había algo... indomable.

Cuando la vi, me di cuenta de que había algo llamativo e hipnótico en su ser, pero sigo preguntándome si es suficiente para aceptarla en mi harén.

Los Lombardo han escrito su historia con sangre. A lo largo del tiempo, nuestra familia ha gobernado y se ha mantenido en el poder con mano de hierro. El harén es una parte muy importante en la organización. Las mujeres que allí viven están rodeadas de lujos y respeto, pero también deben someterse a mi voluntad.

¿De verdad vale la pena encadenar a una niña a ese lugar?

Es mi paraíso, mi edén, mi joya más preciosa; pero hasta yo sé que ese lugar es un jodido infierno. ¿Pero no es el mundo de ella ya un infierno?

Un pesado suspiro es arrancado de mi garganta. Es un suspiro de total cansancio, y no hablo exactamente de cansancio físico. La maldita cabeza se me reventará en cualquier momento tratando de ponerle un orden a esta puta locura...

En ese momento, el silencio se ve interrumpido por unos suaves toques en la puerta.

—Adelante —ordeno con brusquedad.

Cuánto odio que me molesten.

—Con su permiso, señor... —escucho una voz suave y temblorosa—. "La invitada" ya está aquí. —Mi ceño se frunce al oír esas palabras cargadas de desprecio—. ¿Quiere que la haga pasar?

Inevitablemente, mi mirada se despega de la ventana y se clava en esa chica que ha entrado. Como supuse, es una de mis empleadas. Tengo tantas propiedades alrededor del mundo y también tantas empleadas a mi servicio que no me molesto en recordar su nombre. Es irrelevante.

No me concentro en insignificancias.

—¿"La invitada"? —repito con pausa y una sonrisa llena de malicia se dibuja en mis labios.

Percibo que ella da un respingo y tiembla. Esa insolencia en esas dos malditas palabras me está cabreando y me irrita hasta mi límite.

—La chica que llegó llena de mugre y suciedad, señor —me responde la mujer, armándose de un valor inútil.

Vaya, vaya, vaya... Esto es nuevo.

Sin poder evitarlo, se libera una carcajada que tenía atorada en mi garganta. Esto parece un puto chiste, y de esos chistes que son jodidamente malos, pero no puedo evitar reír con sequedad.

Veo a la mujer, que parece confundida y, entendiblemente, aterrada. Es lógico que lo esté.

—Eso es nuevo —la risa muere al soltar esas palabras y mi mirada se endurece sobre esa mujer—. No sé si naciste siendo una estúpida o te haces para hacerme reír, pero ya no es gracioso. —Mi voz se endurece en un gruñido feroz y brutal—. Te haré una pregunta, estúpida mujer: ¿Desde cuándo "mis mujeres" son simples "invitadas"?

La mujer en cuestión abre sus ojos sorprendida y palidece enseguida. Sí, por supuesto, ella sabe lo que significa y sabe que cometió un error que puede costarle la vida.

—Yo... Lo siento, señor... No sabía... —titubea—. Es... Es una niña...

—¡Basta de justificaciones tontas! — corto abruptamente sus absurdos balbuceos—. Ahora lo sabes y sabes lo que eso significa: ella es una de mis mujeres y se le debe tratar con el debido respeto, ya que está bajo mi protección. —Mi voz se vuelve más amenazante; quiero que las cosas queden bien claras—. ¿Capito?

—¡S-Sí, señor! —responde de inmediato y su cuerpo se sacude del temor.

La observo largamente, yace inmóvil, pero noto el temblor de su cuerpo. Está aterrada, pero eso es normal. He visto el terror en muchos, y es eso lo que siembro en todo el mundo. Es un espectáculo. Todos saben que yo soy un monstruo despiadado.

—Bien —vuelvo mi mirada al espeso bosque que parece extinguir hasta el más mínimo atisbo de luz—. Hazla pasar y lárgate. No quiero verte más.

—Como ordene, señor —responde de inmediato. Oigo la puerta abrirse y cerrarse, y después, nada.

Otra vez atrapado en el silencio, pero reflexionando en algo que acabo de oír. Hay algo de lo que dijo ella que es verdad.

Alaia... Es una niña.

Hasta el nombre "Alaia" es demasiado dulce e inocente para este maldito mundo. Esa niña no encaja en nada con un monstruo como yo. Pero, aun así, no sale de mi mente y no pienso entregársela a Morgan. Sé bien que esa chiquilla es el pago de una deuda, pero ahora... ella es mía.

Ya creo haber perdido la razón...

Unos minutos antes...

POV Alaia:

Bien... Supongo que me quedaré aquí.

Me siento en el borde de la cómoda cama y tiemblo de frío, mientras mis dientes castañean. Solo me cubre una toalla. Mi andrajosa ropa desapareció misteriosamente, y en esta habitación no hay nada más.

Froto mis brazos tratando de darme un poco de calor, pero es inútil. Quizás fue un error lavar mi cabello, pero nunca había estado en un baño tan lujoso, lleno de tantos productos. Supongo que me ganó la emoción.

Todo esto me resulta irreal, aún no puedo creerlo, pero entre más rápido me acostumbre será mejor para mí. Prácticamente me lancé a la boca del lobo como carnada. Ese "lobo" accedió a esperar, pero no sé si fue la mejor decisión.

Me aposté a mí misma en un juego que no sé si ganaré.

En ese momento, la puerta de la habitación se abre de golpe, interrumpiendo mis pensamientos. Doy un respingo, cubriéndome, y pienso que podría ser Lombardo, pero me calmo un poco al ver que es la misma empleada de servicio que me trajo hasta aquí.

Ella me mira con sus ojos cafés, envueltos en desprecio. Desde el primer momento en que me miró, supe que no le caí bien, pero créanme cuando les digo que estoy acostumbrada al desprecio de las personas.

Me levanto de la cama, tratando de controlar los temblores de mi cuerpo, pero esta habitación sí que es helada. Veo que ella trae una bolsa en sus manos. ¿Será mi ropa?

—Espero entienda, "señorita"... —escupe con desdén—. Su ropa estaba tan mugrienta que tuvimos que quemarla, no queremos contraer alguna enfermedad por tocar una ropa llena de porquería...

Entorno mis ojos. Esta mujer debe tener aproximadamente veintitantos años y, sin lugar a dudas, parece que me odia sin motivos. Ni siquiera he cruzado palabras con ella, pues solo me mostró la habitación y se fue. Ahora me dice eso con su voz empañada en tanto asco y superioridad, como si yo fuera una cosa insignificante.

—Tenga —lanza la bolsa al suelo—. Vístase rápido, que el señor quiere verla... —Una sonrisa burlona se posa en sus labios—. Espero que se haya bañado bien, pues el mal olor siempre es desagradable.

Sin más, la mujer se da la vuelta sobre sus talones y sale de la habitación, dejándome algo incómoda y con una amarga sensación. Lo supe desde un principio: mi vida jamás mejorará y por eso debo buscar formas de huir de aquí. Las personas en mi vida siempre me miran con desprecio o malas intenciones...

"¿Estás dispuesta a entregarme todo de ti y ser completamente mía, Caperucita?"

Aunque sé que él es un hombre terrible, fue el primero que no me miró con asco y que no rechazó mi contacto solo por estar sucia. Esos ojos azules que parecen leer hasta los pensamientos más profundos me miraron tan fijamente que pensé que me absorberían.

Sacudo mi cabeza para alejar todo pensamiento y me agacho para tomar la bolsa que aquella mujer tiró en el suelo, y así prepararme para el encuentro con el dueño de mi nuevo infierno.

Un infierno que creo que será el más ardiente de todos.

Continuará...

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