LEONARDO
Ha pasado un día más y sigo plantado frente a la puerta de la mansión, esperando a que alguien decida dejarme entrar. He visto a Callum varias veces. Es el único que se acerca. Siempre me dice que me vaya, pero no lo hace con dureza, sino como quien da un consejo que sabe que no será escuchado.
Tampoco intenta echarme.
Antes de que caiga la noche, una chica joven —no tendrá más de veinte años— sale al exterior. Se detiene al verme y me observa como si fuera un cuadro colgado en un museo. Cuando nuestras miradas se cruzan, se ríe sin malicia.
Luego se sienta a mi lado y me tiende una taza con algo caliente en su interior.
Me lo bebo como si fuera un mendigo.
—Hola, soy María. Tenía curiosidad por verte. Eres muy guapo aunque ahora estás hecho polvo.
—Gracias…—digo débilmente.
La chica se ríe.
—No te rindas, Leonardo. Mi tía, al final, te dejará verla.
La chica se levanta, se da la vuelta y se marcha ante la mirada de uno de los soldados que hay en la puerta. Nos miraba todo e