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CAPÍTULO 8: No te atrevas

El cambio de Alina ya no era sutil.

Era evidente.

Y lo peor…

era que nadie más parecía notarlo.

El palacio seguía funcionando con la misma perfección de siempre. Los sirvientes cumplían sus tareas, los eventos continuaban, las reuniones no se detenían.

Todo seguía igual.

Excepto él.

Darian caminaba por los pasillos con una tensión constante en el cuerpo, como si algo no encajara… como si algo estuviera fuera de su alcance.

Y eso no le gustaba.

No le gustaba en absoluto.

—¿Dónde está Alina? —preguntó de repente a uno de los empleados.

El hombre dudó apenas.

—En el ala este, alteza.

Darian no respondió.

Simplemente se giró y caminó en esa dirección.

Paso firme.

Mandíbula tensa.

Porque ya no era casualidad.

No era coincidencia.

Era constante.

Alina lo evitaba.

No lo buscaba.

No lo miraba.

No reaccionaba.

Y lo peor…

no le importaba.

O al menos eso parecía.

Cuando llegó al ala este, escuchó voces.

Se detuvo.

Una de ellas…

era la de Alina.

Pero no sonaba como antes.

No era firme ni tensa.

Era…

ligera.

Darian frunció el ceño.

Se acercó lo suficiente para verla.

Y entonces…

algo dentro de él se tensó.

Alina estaba de pie frente a uno de los asesores del palacio. Un hombre joven, bien vestido, claramente de alto rango. No demasiado cerca… pero lo suficiente como para mantener una conversación cómoda.

Y ella…

estaba sonriendo.

No una sonrisa forzada.

No una sonrisa educada.

Una real.

Suave.

Natural.

Darian se quedó quieto.

Observando.

Analizando.

Sintiendo algo que no encajaba.

—Deberías ver los jardines del ala norte —decía el hombre—. Son mucho más tranquilos que estos.

Alina asintió ligeramente.

—Lo haré. Gracias.

—Si quieres, puedo acompañarte.

Silencio.

Corto.

Pero suficiente.

—No es necesario —respondió ella con calma—, pero lo tendré en cuenta.

Amable.

Educada.

Cercana.

Demasiado cercana.

Darian apretó la mandíbula.

Y sin pensarlo más…

avanzó.

—Alina.

Su voz fue firme.

Autoritaria.

Ambos giraron.

El hombre inclinó la cabeza inmediatamente.

—Alteza.

Alina lo miró.

Sin sorpresa.

Sin incomodidad.

Sin nada.

—¿Sí?

Esa respuesta…

le molestó.

—Necesito hablar contigo.

—Ahora no.

Silencio.

El aire se tensó.

El hombre miró entre ambos, claramente incómodo.

—Puedo retirarme—

—No —dijo Alina con calma—. Ya terminábamos.

Darian la observó fijamente.

—He dicho que necesito hablar contigo.

—Y yo he dicho que no ahora.

Directo.

Sin miedo.

Sin vacilar.

El hombre dio un paso atrás.

—Creo que es mejor que—

—Puedes irte —interrumpió Darian, sin apartar la mirada de Alina.

El hombre no dudó esta vez.

Se retiró inmediatamente.

Y entonces quedaron solos.

Silencio.

Pesado.

Explosivo.

—¿Qué fue eso? —preguntó Darian.

Alina inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Qué cosa?

—No juegues conmigo.

—No lo estoy haciendo.

Darian dio un paso hacia ella.

—No hablas conmigo, no me miras… pero sí sonríes así a otros.

El comentario salió más rápido de lo que pensó.

Y eso…

fue un error.

Alina lo notó.

Claro que lo notó.

—¿Eso te molesta?

Silencio.

Darian no respondió.

Pero su expresión lo dijo todo.

Y eso…

fue suficiente.

Alina dejó escapar una leve sonrisa.

Pero no era la misma.

Esta era distinta.

Más fría.

—Qué interesante.

—No es lo que crees.

—No he dicho nada.

Darian apretó la mandíbula.

—No te acerques a él.

La orden fue clara.

Firme.

Innegociable.

Y ahí…

todo cambió.

Alina lo miró fijamente.

—¿Perdón?

—No quiero que te relaciones con él.

El silencio que siguió fue peligroso.

Porque no era duda.

Era incredulidad.

—No tienes derecho a decirme eso.

—Sí lo tengo.

—No.

Darian dio otro paso.

Reduciendo la distancia.

—Eres mi prometida.

—Soy tu obligación —corrigió ella inmediatamente—. No tu propiedad.

El golpe fue preciso.

Y esta vez…

sí dolió.

Darian lo sintió.

Pero no retrocedió.

—No te acerques a él —repitió.

Más bajo.

Más tenso.

Más peligroso.

Alina lo sostuvo sin moverse.

—¿Y si lo hago?

Silencio.

Un segundo.

Dos.

Tres.

—No te atrevas.

La advertencia fue clara.

Pero esta vez…

no tenía control.

Porque no venía desde la razón.

Venía desde algo más.

Algo que él no entendía.

Y que ella…

empezaba a ver.

Alina dio un pequeño paso hacia él.

Acercándose.

Desafiándolo.

—¿Qué vas a hacer?

Sus voces estaban bajas.

Casi en susurros.

Pero la tensión…

era enorme.

Darian no respondió.

Pero su mirada…

se endureció.

Y eso fue suficiente.

Alina retrocedió lentamente.

Rompiendo la cercanía.

Pero no la tensión.

—No me des órdenes —dijo con calma—. No funcionará conmigo.

Y se giró.

Dispuesta a irse.

Pero esta vez…

Darian habló antes de que pudiera hacerlo.

—Esto no ha terminado.

Alina se detuvo apenas.

Sin girarse.

—Para ti, tal vez.

Y siguió caminando.

Dejándolo otra vez.

Pero ahora…

era diferente.

Porque ya no era solo distancia.

Era desafío.

Y por primera vez…

Darian no estaba reaccionando como debería.

No estaba siendo racional.

No estaba siendo frío.

Estaba…

molesto.

Y eso…

era solo el comienzo.

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