Capítulo 8

Recargo mi espalda contra mi asiento y sigo hablando con la mujer que se hace pasar por mi Quinn, me dice que le gustaría conocerme más y que si quiero, podemos salir a tomar algo, honestamente no confío en ella y tampoco necesito hacerlo ya que solo quiere tener sexo de una noche y yo también lo necesito, después de haber probado los jugos de Quinn, no puedo dejar de pensar en ella.

Tomo una gran bocanada de aire y la dejo salir con suavidad, luego pongo mi mano derecha sobre mi polla y la aprieto con algo de fuerza, la tengo bien dura y me siento incómodo. Al final termino por concretar una cita con esta mujer para mañana en la noche en el bar local.

Estoy por salir del estacionamiento cuando recibo una llamada de La negra, contesto y pego la bocina a mi oído, me dice que ya tienen al cabrón y que me esperan en el lugar de siempre, resoplé con fuerza, colgué la llamada y me fui a verlo, la verdad es que quería irme a mi casa a dormir un rato ya que estaré en vela gran parte de la noche.

Mientras manejo, todavía recuerdo lo que ocurrió anoche, de cómo los labios de Quinn estaban sobre los míos, es la primera vez en mi vida que sentía unos tan suaves, su piel igual y no se diga de ese coño…. Dios… sabía bastante rico, me muero de ansias por hacerla mía y no solo eso, quiero que esté conmigo siempre.

Estando en el lugar de encuentro, veo dos autos estacionados, en la entrada del lugar hay dos hombres parados, que al notar que me acerco se ponen en alerta, pero al reconocerme, se relajan y apartan sus manos de sus armas. Sin miedo bajo de mi auto y cierro la puerta con suavidad, camino hacia mi cajuela y saco un par de cosas para después caminar a la entrada del lugar.

—Señor Di Marco, nos alegra verlo.

— ¿Cuánto costó capturarlo?

—Tres heridos y cuatro muertos.

Una mueca de disgusto se dibuja en mi rostro, no digo nada más y entro al lugar encontrándome con un largo y húmedo pasillo, algunas lámparas maltrechas cuelgan por el lugar, cuando alguna brisa se cuela por el lugar hace que se meneen un poco emitiendo un rechinido molesto. Me trueno los dedos y empiezo a caminar a paso firme, todavía no estoy lo suficientemente enojado y ese idiota tiene mucha suerte.

Al final del pasillo se encuentra una puerta oxidada, en la parte superior tiene un hueco, la abro con toda la confianza del mundo, el sonido que emite esta m****a hace que los presentes me volteen a ver, luego "La negra" se acerca a mí y me dedica media sonrisa.

—Creí que no iba a venir, jefe.

—Deja de lamerme las bolas, odio que hagas eso.

Ambos nos reímos por unos momentos para después acercarnos al pobre diablo que está atado a la silla, mis hombres le han metido unos buenos golpes en el rostro, me inclino levemente hacia él, acercando mis labios a su odio izquierdo de forma intrusiva, haciendo que se sienta incómodo.

—Bueno, quiero información.

Ríe entre dientes, gira levemente su rostro a mí, la forma en como me mira es arrogante, odio que la gente me miré así y la última persona que me vio de esa forma, metí su cabeza en una maleta. Apreté los puños con fuerza, pero decidí contenerme ya que lo necesito vivo, pero apenas me diga lo que quiero, puedo hacer lo que quiera con su vida.

— ¿Que te hace pensar que te diré una m****a? Solo eres un pendejo jugando al mafioso.

Arqueo una ceja, me incorporo un poco y luego golpeo su cara con mi puño cerrado, dejando marcados mis anillos en su mejilla. Dejando en claro que no tiene muchas opciones y que es mejor que hable, volví a inclinarme hacia él esperando a que cambie de parecer, pero no dice nada, solo me mira de esa forma.... maldito hijo de puta... quiere hacerme perder la paciencia.

— ¿No quieres hablar? Puedo comenzar por cortarte un dedo, pero si me haces perder la paciencia, yo mismo te cortaré las pelotas y haré que te las comas, así que, tú decides— Me encojo levemente de hombros con cierta indiferencia.

El desgraciado se atreve a escupirme en la cara, La negra le da un fuerte puñetazo en la boca, tirándole algunos dientes, luego me acerca un pañuelo y me quito su asquerosidad del rostro, le digo a uno de los hombres que me traiga mis tijeras, sin dudarlo ni un segundo, se da media vuelta para irse a paso apresurado por el pasillo.

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