Estaba furiosa. Todavía temblaba cuando entré en el auto con Rafael. No dijo una palabra, pero su silencio no borraba lo sucedido. En realidad, solo hacía que mi ira creciera.
Había ido hasta mi universidad sin avisarme. Me expuso. Me avergonzó. Y lo peor: amenazó a un amigo de toda la vida, Luan, como si fuera un enemigo.
Todo por un maldito ataque de celos.
Me sentía invadida, como si estuviera perdiendo el control de mi propia vida. Rafael no me había preguntado nada. Simplemente apareció al