Narrado por Flavia
El ático siguió pesando sobre mí como una sombra, incluso después de que bajamos. Las gemelas dudaron, pero las obligué a jurar que no volverían allí — un pedazo de papel rasgado no valía el riesgo de despertar la furia de Rafael.
— Pucha, Flavia, yo quería tanto poder leer las cartas… — Mel refunfuñó, arrastrando los pies por el pasillo.
Le sujeté los hombros, agachándome hasta quedar a la altura de sus ojos azules-llenos-de-maracuyá:
— No. Ni pensarlo. La correspondenci