Al anochecer, después de un día agotador de trabajo para él y de yo llegar exhausta de la universidad, nos encontramos en el despacho como imanes que no resisten a la misma polaridad. Apenas cerré la puerta, Rafael ya me había atraído contra su cuerpo, sus manos firmes en mi cintura, sus labios encontrando los míos con una sed que parecía acumulada en cada hora de distancia.
— Extrañaba este sabor… — murmuró entre besos que descendían por mi cuello, dejando rastros de fuego.
Su aroma – canela y