Dos días. Cuarenta y ocho horas de silencio tenso en las salas de monitoreo de la mansión, mientras la policía militar americana rastreaba pistas frías sobre Deivison. El aire pesaba como plomo, y hasta las risas de las gemelas sonaban apagadas por los pasillos. Yo observaba los videos de las cámaras de seguridad, los dedos tamborileando en la mesa de roble, cuando James Carter entró en la sala como un huracán a punto de tocar tierra.
—Necesitamos hablar, Rafael.
Levanté los ojos. La mirada de