Liam quitó la vista avergonzado. Cuando Bianca usó la palabra cariño, su corazón se agitó y pareció mover la cola pensando que era para él. Era un imbécil. El niño comió de forma lenta y un poco floja bajo la mirada de su papá. Bianca se había escabullido hasta la cocina para terminar el postre, pero ni siquiera eso fue devorado con la emoción que esperaba. Después de un par de quejas e intentos de llanto, Leo tomó los costosos medicamentos y, antes de poder notarlo, se quedó dormido con el cansancio acumulado.
Liam ahora estaba en la mesa, anotando todos los horarios de comidas y medicamentos con diligencia. Bianca se sorprendió ante la minuciosa acción del joven padre. La chica se quedó de pie y completamente quieta, en un intento desesperado porque Palmer olvidara su presencia. ¡Ella no quería irse!
—Ya es hora de que te vayas.— Dijo una voz distinta y más ronca.
Sus ojitos se abrieron con sorpresa.
—P-pero…
—Tu horario acaba de finalizar, son las nueve.
—Liam…
—No te pagaré horas