Para Bianca, Leo era alguien que quería cuidar y resguardar, ponerlo en una pequeña burbuja y asegurarse de que nadie la rompiera. Y, mierda, tenía más que claro que era imposible. Entonces se aterraba. Porque ningún niño merecía sufrir en la más mínima forma, y aunque fuera una frase obvia, miles de pequeños sufrían a diario.
—Bianca…
La chica parpadeó un par de veces.
—¿Qué sucede, pequeño? ¿Te sientes mal? ¿Tienes hambre? ¿Quieres hablar de algo?— El niño negó las primeras dos veces, pero en la tercera, su respuesta fue un acierto.
—Yo... Papá está triste.
Su cuerpo completo entró en un estado de alerta.
—¿Por qué? ¿Sucedió algo?
Al principio, el niño pareció reacio a contestar, pero la mirada angustiada de su querida Bianca le impulsó.
—Y-ya no se hablan...
—Lo sé. —Completamente desconcertado, el pequeño la miró a los ojos.
—¿Por qué? —Bianca se mordió el labio con fuerza.
—Es lo mejor.— Soltó de forma ahogada.
—¿Pero, por qué?
La chica negó con la cabeza.
—Así podemos concentrar