—Te acompañaré abajo.
Bianca pareció sudar frío.
—¡No! D-digo, ¡no puedes dejar a Leo solo!—de forma rápida tomó su bolso y rodeó el mesón para ponerse de puntitas y dejar un torpe beso en la mejilla del pelinegro.
La puerta se cerró un poco fuerte y Liam sólo supo sonreír de forma satisfecha mientras las ganas de acariciar su mejilla parecían querer acabar con él.
Sin embargó, no lo hizo, prefirió guardar la sensación y no alterarla con sus torpes dedos.
Un chillido ahogado salió de su garganta, casi como una colegiala.
—Tus labios son tan suaves…
Algo escondía, no había duda alguna. Toda la semana Bianca dejó el departamento más temprano de lo normal para entrar en un lujoso auto y desaparecer en la esquina de la calle.
Y Liam andaba con los nervios de punta.
No había duda alguna, Bianca tenía un sugar daddy.
Y por supuesto el joven pelinegro era alguien muy consciente por lo que no podía evitar pensar cómo mejorar la situación de la chica.
Como si la hubieran obligado.
Quizás Liam