Habían pasado un par de días desde la majestuosa conversión de Brenda. Valentín no se había separado de ella ni un solo instante; estaba embelesado con su amada, como si hubieran estado juntos desde hacía siglos y ahora fueran a permanecer así por toda la eternidad.
—Te has convertido en una diosa, preciosa Brenda, una criatura hermosa y seductora.
—Mi amado Valentín, no sabes lo feliz que me siento de ser ahora la mujer con la que compartirás toda la eternidad. Nos queda un mundo por descubrir