Sus ojos seguían abiertos, fijos en el techo, mientras el pasado danzaba, casi burlón, frente a él.
Su corazón se llenaba de congoja, una sensación tan fresca como si hubiera cometido esos errores ayer.
«Elisa tocó desesperada la puerta de su departamento. Al abrirle, vio sus ojos enrojecidos y su ceño fruncido.
Llevaba un chaleco largo sin mangas de tela fresca color café. Las ojeras en sus ojos hundidos le daban un aspecto cadavérico.
—Te llamé muchas veces. ¿Por qué no contestabas? —