Yo, Isabella Salvatore —el apellido ya no me raspaba tanto la garganta, pero aún sabía a cenizas—, desperté con el sol filtrándose por las cortinas de lino como un ladrón sigiloso. El cuerpo de Adrián aún me envolvía, su brazo pesado sobre mi cintura, su respiración cálida contra mi nuca, un ronroneo bajo que me hacía cosquillas en la piel. La biblioteca olía a libros viejos, a humo de la chimenea apagada y a nosotros: sudor seco, sándalo de su colonia y el almizcle dulce de la noche que habíam