El amanecer neoyorquino tenía ese color metálico que solo las ciudades que nunca duermen conocen. Desde la suite del piso cuarenta, observaba el Hudson mientras el café humeaba en mi mano y el reloj marcaba las 6:30. A esa hora, la ciudad ya rugía, y yo también.
El día sería largo: presentación, negociación, cena privada con los socios norteamericanos. Nada podía fallar.
Carolay apareció puntual, con un traje gris perla que parecía diseñado para una reunión y una guerra al mismo tiempo. Cortaba