MELISA.
La gente comienza a moverse, empujándose ligeramente hacia la rampa que se ha desplegado para conectar la proa del catamarán con la orilla.
—Llegó la hora de bailar —le digo a Kostas, sintiendo el impulso de la música electrónica que ahora domina el ambiente.
Él me mira, su rostro serio se relaja.
—Adelante, cara mia —dice, tomándome de la mano con firmeza—. Pero no te separes de mí. Esta noche, no quiero que mi luz se pierda entre la multitud.
Ajusto mi vestido, me aseguro de que el pa