KOSTAS
La traición me golpea con la fuerza de un rayo. No es el golpe de Persia, sino la puta ceguera que tuve lo que me deja sin aire. Me siento contrariado, no por el miedo, sino por la incomprensión. ¿Por qué lo hizo? Lo tenía todo. La rabia se transforma en un frío y silencioso deseo de aniquilación. Esto es mucho peor que una simple disputa territorial.
Miro a Persia, que se retuerce en el suelo, y la incredulidad se apodera de mí.
—No te creo —le digo, con la voz plana, sin emoción—. No t