KOSTAS
Me hundo más profundamente en la almohada. Estoy sumergido en esa oscuridad espesa y cálida que solo el sueño profundo ofrece. El olor a sexo y a jazmín de la piel de mi esposa me envuelve, y su cuerpo desnudo y suave es el ancla que me mantiene en la cama. Mi mente, que rara vez descansa, está por fin en un punto muerto glorioso.
El sonido es suave, pero metódico, insistente. No es una alarma, ni el ruido errático de la casa. Es alguien que toca la puerta, midiendo los segundos entre ca