MELISA
No necesito otra invitación. Su boca se estrella contra la mía con la misma fuerza que el retroceso de la pistola. Este beso es el pago, el alivio a toda la tensión que se acumuló en el hangar, en el camino y en este maldito campo de tiro.
Me aferro a la camisa mojada por el sudor bajo su traje, y él me levanta de la cintura, acercándome a la mesa de concreto donde hace un momento descansaban las armas. Mis manos recorren la firmeza de su espalda mientras él me presiona contra la fría su