MELISA
Salimos del búnker y volvemos a la camioneta. Después de un corto viaje que no me permite saber nuestra ubicación, el coche se detiene de nuevo. Hemos llegado a un campo de tiro.
El lugar es vasto, techado, y las paredes están forradas con material absorbente. Huele intensamente a metal caliente y a pólvora vieja.
Cuando nos bajamos, los escoltas principales se quedan atrás con los vehículos. Kostas no me da una orden, solo una confirmación.
—Aquí estamos seguros —dice, y lo sé porque el