KOSTAS
La puerta se abre, y el aire cambia. No doy el primer paso. No me muevo. Frente a mí, Arnold, uno de mis hombres, me apunta con una metralleta. Sus manos tiemblan, sus ojos están llenos de pánico.
—¿Qué estás haciendo, Arnold? —pregunto. Mi voz es fría y contundente, sin una pizca de sorpresa.
—Lo siento, señor —responde, su voz se quiebra—. Tengo que hacerlo. Me dijeron que la matara... o lo mato a usted.
El pasillo se congela. No siento miedo. En cambio, evalúo la situación, calculo mi