Su llamada me encontró tendiendo la mesa.
—Asómate a la puerta.
Me dirigí a la puerta del frente imaginando que tenía las manos ocupadas y precisaba que le abriera. Sin embargo, al salir al jardincito delantero, no había nadie allí.
—¿Dónde estás? —pregunté desconcertada.
—Alza la vista —indicó, y sonaba divertido.
Obedecí intrigada, y sólo en ese momento advertí el zumbido mecánico que se acercaba por encima de los árboles. Entonces vi la lucecita roja y la verde parpadeando hacía mí y reí por