Atrapada entre la pared y la muerte, no tenía ninguna intención de escapar.
En su lugar me serví a la merced del hombre, quién comió de ello dando suaves caricias a mi cintura y brazo.
—No podemos seguir así. Debemos hablar. —Susurro de nuevo contra mis labios, dejando en claro desde un principio que sus intenciones al venir aquí no eran solo para algo meramente carnal.
—Tu eres quien está extraño desde que llegamos de la ciudad. —Afirme, acercando mi rostro al suyo con tal de gozar del pequeño