Para Eric, la situación se estaba volviendo desesperante.
Había leído todo lo que encontró, había hablado con el médico, había escuchado con atención cada recomendación razonable sobre el embarazo, las hormonas, los cambios emocionales, el cansancio, la sensibilidad.
Lo entendía en teoría.
Pero frente a Amanda, todo ese conocimiento se volvía inútil. Se sentía de brazos cruzados, torpemente inútil, como si cualquier intento de acercarse terminara chocando contra una pared invisible.
Verla llorar y no poder hacer nada era una tortura lenta. No poder quedarse a su lado cuando ella se lo pedía —o peor, cuando se lo pedía sin palabras— lo desarmaba por dentro. Había aprendido a controlar situaciones complejas, negociaciones imposibles, crisis empresariales y amenazas abiertas, pero aquello… aquello no sabía cómo manejarlo.
Sentía, con una claridad que lo inquietaba, que Amanda se estaba alejando demasiado. Y lo peor no era la distancia física, sino esa retirada silenciosa, esa forma de es