Ya casi llegaba el momento.
Eric llegó al despacho sin mirar a nadie, con el abrigo aún puesto y el gesto tenso, como si hubiera estado conteniendo algo desde hacía horas.
Se sentó en la cabecera de la mesa larga de cristal y apoyó los antebrazos, entrelazando los dedos con fuerza. No estaba nervioso. Estaba concentrado, y esa concentración tenía un filo peligroso que todos en la sala reconocían.
Sus abogados ya estaban allí. Tres personas que conocían bien su forma de trabajar y sabían cuándo