Se incorporó un poco cuando oyó sus pasos acercándose por el pasillo angosto y ahí estaba Eric, con una toalla doblada sobre el hombro y esa camisa de algodón que se le pegaba al pecho por el calor de la mañana, el pelo revuelto como si acabara de peinárselo con los dedos.
Le sonrió de esa manera suya, sin prisas, y ella sintió un calor que subía por el cuello, no solo por el bochorno del día que ya se colaba por las persianas, sino por cómo él la miraba, con ternura.
—Ven, vamos a intentarlo h