El frío de la madrugada caló profundo en los huesos de Adriel, podía ver su propio aliento elevarse hacía el cielo nocturno que poco a poco amenazaba con irse para darle lugar al amanecer. Aunque parecía una persona nocturna, secretamente amaba el sol y su calor abrasador. Ni la hermosa luna redonda que se cernía sobre ellos podía ser suficiente consuelo para ignorar el viento helado que se metía por su cuello y su nuca desnuda.
Adriel gruñó, arrepentido de no haberse llevado una bufanda o un