La reunión no había salido precisamente muy mal, que digamos, pero yo podía sentir la tensión que reinaba en el ambiente. Había sido corta. La había extendido lo suficiente para que toda el área administrativa de la empresa supiera que ahora respondían ante mí. Y, a pesar de que mi hermano Oliver no estaba para nada convencido de aquella decisión, no tenía más alternativa que aceptar mi orden. Yo era el legítimo presidente de la compañía.
Había dejado de lado todo eso para limpiar el nombre de