Mi mente ideó un millón de posibilidades en solo ese pequeño instante en el que Nicolás avanzó hacia la puerta del armario. Pensé en qué podría decirle. Pensé en que tal vez podrían forjarlo y salir corriendo antes de que me viera. Incluso tuve la consideración de tomar el impecable rostro de Samuel entre mis manos y besarlo. Tal vez lográbamos justificar que éramos amantes y que habíamos escogido esa oficina porque estaba solitaria para hacer nuestras fechorías. Cualquier cantidad de cosas y o