BASTIÁN LEBLANC
El café olía a desesperación. No era el aroma del grano recién molido ni el dulzor del azúcar en las mesas, era el veneno que emanaba de Mindy mientras se cruzaba de brazos frente a mí con la arrogancia que la caracterizaba.
—Si yo no gano, Bastián, tú tampoco —su voz era un murmullo frío, calculador. Sus ojos brillaban con la certeza de alguien que ya ha decidido quemarlo todo—. Si no aceptas hacerte cargo de mí y del bebé, Andy lo sabrá todo. Cada detalle, cada mentira, cada