RACHEL MONROY
Abrí la caja con lentitud, la tensión era tan grande que podía sentir que la cabeza me quería doler. Ahí estaba, la computadora, sin una pizca de polvo, retorciendo mi estómago con su simple presencia. La tomé con cuidado, sacándola de la caja como si fuera una clase de reliquia frágil y antigua, el motivo de una maldición que rompía relaciones de padre e hija y ponía a tanta gente a sufrir, por fin en mis manos.
La dejé por un momento en el escritorio de mi papá y corrí hacia la