LUCIEN BLACKWELL
Esther manoteaba, pero sus intentos eran inútiles, solo conseguía quemarse con la olla o golpear el borde de la estufa, mientras Nadia gritaba detrás de mí con pánico.
—¡Lucien! ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Déjala! —Su voz era insoportablemente aguda, más de lo normal. Parecía tener intenciones de acercarse y al mismo tiempo mantenía su distancia porque sabía muy bien que no podía hacer nada.
Por fin saqué la cabeza de Esther de la olla. No era necesario describir lo grotesca que