Embarazada, la novia alquilada es heredera.
Embarazada, la novia alquilada es heredera.
Por: Espíritu libre
Capítulo 1: La muñeca del Neón

El Neón Bar apestaba a whisky barato y a deseo mal disimulado.

Las luces rojas y azules parpadeaban al ritmo de una música que vibraba en los huesos. El humo de los cigarros flotaba en el aire como fantasmas perezosos. Y allí, detrás de la barra, Violet sonreía.

Una sonrisa falsa. Una sonrisa de plástico. Una sonrisa que había perfeccionado en tres años de noches interminables.

Tenía veintidós años. Su cuerpo era un arma de doble filo: caderas anchas, cintura estrecha, pechos firmes que el uniforme, pantalón de cuero negro y camisa blanca atada por debajo del pecho, se empeñaba en exagerar. Su cabello castaño caía en ondas desordenadas hasta la cintura. Los clientes la llamaban "la muñeca del Neón". Y todos querían tocarla.

Esa noche, como todas, las miradas la devoraban.

—¡Violet! —la voz de Mario, el jefe, sonó como un latigazo—. Mesa del fondo. Botella de ron añejo. Atiendes tú.

Violet miró hacia el fondo. La mesa estaba ocupada por cuatro hombres. Los conocía. Eran clientes habituales, de los que pagan bien pero creen que el pago incluye derechos sobre el cuerpo de la camarera.

—¿Puede ir Lina? —preguntó, en voz baja.

Mario se inclinó hacia ella. Olía a cigarro rancio y a billetes viejos. Su aliento le rozó la mejilla.

—Te pidieron a ti. Si no vas te te quedas sin trabajo. Y ya sabes lo que pasa si te vas a la calle. Tú eres la que mantiene esa casa de m****a. Así que coge la bandeja y sonríe.

Violet apretó la mandíbula. Sintió la rabia arderle en las venas. Pero cogió la bandeja. Agarró la botella de ron. Y caminó.

Cada paso era una condena. Los tacones le mordían los pies. La botella le quemaba los dedos. El uniforme le apretaba el pecho. Pero siguió caminando. Porque no le quedaba otra.

Llegó a la mesa del fondo. Los cuatro hombres la miraron. No eran miradas de clientes. Eran miradas de depredadores.

—Aquí está la botella —dijo Violet, dejando la bandeja sobre la mesa—. ¿Algo más?

Uno de ellos, un tipo corpulento con una camisa hawaiana y una cadena de oro en el cuello, le agarró la muñeca.

—Siéntate un rato, guapa. Vamos a celebrar.

—Estoy trabajando —respondió Violet, intentando soltarse.

Pero el tipo la agarró de la cadera y la apretó contra él. Su otra mano le rozó la nalga. Un roce que no fue casualidad. Un apretón que la hizo sentir sucia.

—¡Suéltenme! —gritó.

Levantó la mano para golpearlo. Su puño ya estaba en el aire, listo para estrellarse contra esa cara de borracho asqueroso...

—¡Violet!

La voz de Mario cortó el aire como un cuchillo.

Violet se quedó con el puño en alto. Mario se acercó, con los brazos cruzados, la cara endurecida.

—Si le pegas, te vas a la calle. ¿Entendido? Te vas a la calle. Y esta vez no vuelves.

Violet miró a Mario. Miró al tipo de la cadena de oro, que sonreía con dientes manchados de tabaco. Miró a los otros tres, que esperaban ver qué pasaba.

Y bajó el puño.

—Disfruten la botella —dijo, con una voz que no tembló porque ella no permitía que temblara.

Se dio la vuelta. Sintió la risa del tipo detrás de ella. Sintió su mirada clavada en sus nalgas mientras se alejaba. Cada paso era un pequeño triunfo y una pequeña muerte.

Llegó a la barra. Sus manos temblaban. Agarró un trapo y se limpió la muñeca donde los dedos del tipo habían dejado una marca roja. Quería frotar hasta que ardiera. Quería arrancarse la piel.

Mario se acercó.

—Buena chica —dijo, con una sonrisa torcida—. Así se hace. Aguantas y cobras. ¿Ves? No es tan difícil.

Violet no respondió. Se quedó mirando la marca roja en su muñeca. 

Cuando por fin salió del Neón, eran casi las tres de la madrugada.

El aire frío de la calle le pegó en la cara como una bofetada. Se quitó las horquillas del pelo. Dejó que las ondas castañas cayeran sobre sus hombros. Y caminó.

El barrio estaba oscuro. Las farolas parpadeaban. El silencio era pesado, como una losa. Pero cuando llegó a la esquina de su calle, escuchó algo.

Gritos.

—¡Por favor! ¡Déjenlo!

Era la voz de su madre. Sofía. Violet la reconoció al instante.

Corrió. Las piernas le dolían, pero corrió. Se detuvo en la esquina. Y lo que vio le heló la sangre.

Un carro negro, grande, sin placas, estaba estacionado frente a su casa. Dos hombres de traje oscuro, con el rostro cubierto por pasamontañas, arrastraban a alguien hacia la puerta trasera.

Era Álex. Su hermano menor.

Tenía la cara ensangrentada. Un ojo hinchado, cerrado. El labio partido, la sangre goteando sobre el cuello de la camisa. Y sus ojos... sus ojos estaban llenos de miedo.

—¡No, por favor, no se lo lleven! —gritaba su madre, aferrándose al brazo de uno de los hombres.

El hombre la empujó con violencia. Sofía cayó al suelo. Ricardo, su padre, estaba arrodillado en la acera, con las manos en la cabeza, golpeado y ensangrentado.

Violet sintió que el mundo se derrumbaba.

Corrió hacia la puerta del carro.

—¡Suéltelo! —gritó—. ¡Suéltelo!

Uno de los hombres se volvió. La miró con unos ojos fríos, de asesino. Levantó la mano. Violet pensó que le iba a pegar.

Pero solo la apartó de un empujón.

—Aléjese, señorita —dijo, con una voz grave y metálica—. Esto no tiene que ver con usted.

Violet cayó al suelo. Las rodillas le raspaban el asfalto. Levantó la cabeza justo a tiempo para ver a los hombres meter a Álex en el carro. La puerta se cerró con un golpe sordo. El motor ronroneó. Y el carro negro desapareció en la noche.

El silencio que quedó fue peor que los gritos.

Sofía estaba en el suelo, llorando a gritos, con los dedos enredados en su pelo canoso. Ricardo seguía arrodillado, inmóvil.

Violet se levantó despacio. Las rodillas le sangraban. Se acercó a su madre.

—Mamá... —dijo, extendiendo una mano para ayudarla.

Sofía levantó la cabeza. Sus ojos estaban rojos, hinchados, llenos de odio.

—¿Por qué no te llevaron a ti? —escupió—. ¿Por qué no te llevaron a ti, en vez de a mi hijo?

La mano de Violet se quedó suspendida en el aire.

—¿Qué?

—Tú no vales nada —siguió Sofía, con la voz rota por la furia—. Tú eres una inútil. Trabajas en ese bar de mala muerte, te dejas manosear por cualquiera, y ni siquiera pudiste cuidar a tu hermano. ¿Para qué sirves, Violet? ¿Para qué?

Las palabras golpearon como puñetazos.

—Mamá, yo...

—Cállate —dijo Ricardo, levantándose del suelo. Sus ojos también brillaban con odio—. Esto es culpa tuya. Si no estuvieras siempre en ese bar, podrías haber estado aquí para protegerlo. Pero no. Siempre estás fuera. Siempre estás en tus cosas. No te importa nadie más que tú.

—No es cierto —dijo Violet, con la voz quebrada—. Yo los mantengo. Yo pago las cuentas. Yo...

—¡Eso es lo único que sabes hacer! —gritó Sofía, levantándose de un salto—. ¡Pagar cuentas! ¡Como si eso te diera derecho a llamarte mi hija! Álex es lo único bueno que hemos hecho. 

Se derrumbó otra vez, entre sollozos.

Violet se quedó allí, de pie en la acera, con las rodillas sangrando y el corazón hecho pedazos.

Miró a sus padres. Los dos estaban hundidos en su propio dolor. Y en medio de ese dolor, la culpaban a ella. Siempre a ella.

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