Mundo ficciónIniciar sesiónEl hotel era imponente.
Félix la arrastró hacia la entrada con una mano en su cintura, apretándola contra su cuerpo. Violet sentía los pies arrastrándose, la cabeza pesada, el mundo girando a su alrededor como un carrusel desbocado.
—Ya casi llegamos, preciosa —susurró él, y su aliento apestaba a whisky y a podrido—. Ya casi.
Félix la llevó hacia el ascensor. Iba tan rápido, tan ansioso, que no miró por dónde iba. Chocó con alguien. Un hombre alto, de traje azul marino, que salía del ascensor con una carpeta en la mano.
El impacto fue leve. Félix se tambaleó un poco. El hombre se sacudió el hombro y lo miró con desprecio. Sus ojos eran negros como el carbón, duros como el acero. Su mandíbula cuadrada. Su presencia imponente.
Mateo Beltrán.
Iba a seguir caminando. Pero algo lo hizo volver la mirada.
La mujer.
La mujer que el viejo arrastraba. Estaba pálida, demacrada. Sus ojos estaban vidriosos, perdidos. Su cabeza colgaba hacia un lado, como si el cuello no pudiera con su peso. Y sus manos... sus manos temblaban.
Ella no estaba consciente.
Mateo sintió algo en el pecho. Algo que no sentía desde hacía años. Una chispa. Una llamada. No era su problema. No debía meterse. Pero sus pies ya se habían movido.
—Suéltela —dijo.
Su voz era grave. Fría. Cortante como el filo de un cuchillo.
Félix se giró. Su cara colgante se torció en una mueca de rabia.
—¿Qué?
—Que suelte a la señorita.
Félix lo miró. Sus ojos amarillentos se entrecerraron. Reconoció a ese hombre. Todos lo reconocían.
—Beltrán —dijo, y su voz pastosa tembló—. Esto no es asunto suyo.
—Ya lo es.
—Ella es mi acompañante. La he pagado.
—No me importa lo que haya pagado. Suéltela.
Félix apretó el brazo de Violet. Mateo dio un paso adelante. Solo uno. Fue suficiente para que el viejo entendiera que no iba a ganar esa batalla.
—Está bien —dijo Félix, soltando a Violet con un empujón—. Está bien. Es toda suya.
Violet cayó hacia adelante. Mateo la atrapó antes de que se estrellara contra el suelo.
Félix se fue. No dijo nada más. Desapareció entre las columnas de mármol como un perro apaleado.
Mateo sostuvo a Violet en sus brazos. Era ligera. Demasiado ligera. Olía a ron y a miedo. Su cuerpo temblaba contra el suyo.
—Señorita —dijo, con una voz que intentaba ser fría—. ¿Puede caminar?
Violet levantó la cabeza. Pero no pudo responder.
Mateo apretó la mandíbula.
—Necesita descansar. Voy a subirla a una habitación. Luego llama a su familia.
—No tengo familia —respondió ella, y su voz se rompió—. No tengo a nadie.
—No es mi problema.
Mateo sintió un nudo en el pecho. La cargó en brazos. Llegó al ascensor privado que solo usaban los huéspedes de la suite presidencial. Las puertas se cerraron. Subieron en silencio.
La habitación era enorme. Una cama enorme vestida de blanco. Una lámpara de pie en una esquina, con una luz tenue que teñía todo de dorado.
Mateo la dejó con cuidado en el borde de la cama.
—Llame a alguien cuando se recupere —dijo, y se dio la vuelta.
—No te vayas.
La voz de ella sonó más fuerte de lo que él esperaba. Se giró. Violet se había levantado. Las piernas le temblaban, pero se sostenía. El pantalón estaba desabrochado, dejaba ver su ropa interior. Los botones de la camisa se le habían desabrochado, mostrando la curva de su pecho.
Su pelo castaño caía en ondas desordenadas sobre los hombros. Sus ojos color miel brillaban con un fuego que no era natural. Algo en su mirada era distinto. Algo que no era ella.
—Tengo calor —dijo, y su voz era un susurro cálido—. Mucho calor.
—Siéntese —ordenó Mateo, con la voz fría—. Voy a buscar agua.
—No quiero agua. Quiero...
Se detuvo. Su mano temblorosa subió a su cuello y empezó a desabrocharse la camisa. Botón por botón. La tela blanca se abrió, mostrando su piel morena, su clavícula, el inicio de sus pechos.
—¿Qué haces? —preguntó él, con la voz más ronca de lo que quería.
—No puedo... no puedo controlarlo —susurró ella, y en sus ojos había miedo.
Mateo sintió la sangre arderle en las venas.
—Siéntese —repitió, pero su voz ya no era tan firme.
Violet no se sentó. Dio un paso hacia él. Otro. Estaba tan cerca que él podía sentir su calor. Podía sentir su aliento. Podía sentir el temblor de su cuerpo.
—Ayúdame —dijo ella—. Por favor.
—No voy a aprovecharme de ti.
—No te vas a aprovechar. Te estoy pidiendo que me ayudes.
Y entonces, frente a sus ojos, Violet se desvistió.
La tela cayó al suelo. Primero la camisa. Luego el pantalón. Quedó en ropa interior. Un conjunto negro, sencillo, que apenas cubría lo que tenía que cubrir. Su piel morena brillaba bajo la luz tenue de la lámpara. Sus curvas eran perfectas. Sus pechos firmes subían y bajaban con la respiración agitada. Sus caderas se abrían como una invitación. Sus muslos estaban ligeramente separados.
Era deslumbrante.
Mateo sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Algo dentro de él, algo que llevaba años apagado, se encendió. Un fuego. Una llama. Un deseo que había creído muerto.
—No sabes lo que haces —dijo, con la voz ronca, rota.
—No me importa —respondió ella, y se acercó más. Sus labios rozaron su oreja. Su aliento caliente le recorrió el cuello. Su voz era apenas un susurro, pero sonó como una explosión.
—Hazme tuya.
Mateo sintió el golpe en el pecho. Sus manos temblaron. Quiso apartarla. Quiso decir que no. Quiso ser el hombre frío y controlado que siempre había sido.
Pero su cuerpo ya había decidido por él.
Ella empezó a desabrocharle la camisa. Sus dedos temblorosos rozaban su piel. Mateo sintió que se quemaba donde ella lo tocaba.
Él quiso resistir. Quiso apartarla. Quiso recordarse a sí mismo que era un hombre de hielo, que no sentía, que no caía.
Pero sus manos ya estaban en su cintura. Sus labios ya estaban sobre los de ella. Su cuerpo ya la estaba apretando contra el suyo.
Y entonces, algo dentro de él se rompió.
La besó con una furia contenida, con una desesperación que llevaba años guardando. Sus lenguas se encontraron, se enredaron, se buscaron. Él supo que ella sabía a ron y a miel. Ella supo que él sabía a whisky y a tormenta.
La levantó del suelo. Ella enredó sus piernas en su cintura. La llevó hasta la cama enorme. La dejó sobre las sábanas blancas. Se quedó un segundo mirándola.
La miró como si quisiera grabarla en la memoria para siempre.
Y entonces, se desnudaron.
La chaqueta gris cayó al suelo. La camisa blanca, desabrochada con dedos temblorosos, cayó detrás. Los zapatos italianos. Los pantalones. Todo cayó en un montón desordenado junto a la cama.
Él se quedó desnudo frente a ella. Y ella frente a él.
Él se inclinó sobre ella. La besó en la boca. Luego en el cuello. Sintió su pulso acelerado bajo sus labios. Ella gimió. Un sonido bajo, descontrolado, que lo volvió loco.
Su lengua recorrió su cuello, bajó hasta sus clavículas. Sintió la piel de ella erizarse bajo su boca. Sus manos recorrieron sus costados, sus caderas, sus muslos. Todo era suave. Todo era cálido. Todo era ella.
Ella arqueó la espalda cuando él la besó en el pecho. Sus dedos se enredaron en su pelo, atrayéndolo más hacia ella. Su respiración era agitada, entrecortada, llena de pequeños gemidos.
Él siguió bajando. Su estómago. Sus caderas. El interior de sus muslos. Ella temblaba entera. Sus manos apretaban las sábanas. Su cabeza se movía de un lado a otro sobre la almohada.
La noche se alargó como un río sin fin.
Hubo pausas. Hubo silencios. Hubo respiraciones agitadas que se calmaban y volvían a acelerarse. Hubo momentos en que él se quedó mirando el techo, sintiendo a ella dormida a su lado, y se preguntó cómo había llegado hasta allí.
Al día siguiente, cuando Violet abrió los ojos, el sol entraba a raudales por el ventanal.
La luz le pegó en la cara, cegándola. Parpadeó. Su cabeza le dolía. Todo su cuerpo le dolía. Sintió las sábanas blancas rozando su piel desnuda. Sintió el frío en la piel. Vio su ropa tirada en el suelo.
Su corazón empezó a latir más rápido.
Se incorporó de golpe. Las sábanas cayeron. Su cuerpo estaba desnudo. Moretones. Moretones en los brazos. En las caderas. En el cuello. Y en el pecho, marcas rojas de dedos, de labios.
—No —susurró—. No, no, no.
Intentó recordar. Fragmentos. El bar. Félix. La mano en su muslo. Los vasos de ron. La puerta. El auto. El hotel. Y luego... nada. Un vacío negro. Un agujero en su memoria.
—¿Qué me hizo? —susurró, y el asco le subió por la garganta.
Se levantó de la cama. Se vistió rápidamente.
Se miró en el espejo del baño. Tenía los ojos hinchados. El pelo desordenado. Moretones en el cuello. Marcas de mordiscos en el hombro.
—¿Qué has hecho? —se preguntó a sí misma—. ¿Qué has hecho?
Salió de la suite. El pasillo estaba vacío. El ascensor bajó en silencio y salió del hotel.
Llegó a su casa. La puerta estaba abierta. Entró.
Sus padres estaban en la sala. La miraron.
—¿Trajiste el dinero? —preguntó su padre.
Violet negó con la cabeza.
—No.
—Entonces no sirves para nada —dijo su madre—. Vete a tu cuarto. No queremos verte.
Violet subió las escaleras. Cada escalón era una condena. Se metió en su habitación. Cerró la puerta. Se dejó caer en la cama.
Y entonces, por primera vez en años, Violet lloró.
Lloró hasta que los sollozos se convirtieron en arcadas secas. Lloró hasta que los ojos le ardieron. Lloró hasta que no le quedaron lágrimas.







