El hotel era imponente.Félix la arrastró hacia la entrada con una mano en su cintura, apretándola contra su cuerpo. Violet sentía los pies arrastrándose, la cabeza pesada, el mundo girando a su alrededor como un carrusel desbocado.—Ya casi llegamos, preciosa —susurró él, y su aliento apestaba a whisky y a podrido—. Ya casi.Félix la llevó hacia el ascensor. Iba tan rápido, tan ansioso, que no miró por dónde iba. Chocó con alguien. Un hombre alto, de traje azul marino, que salía del ascensor con una carpeta en la mano.El impacto fue leve. Félix se tambaleó un poco. El hombre se sacudió el hombro y lo miró con desprecio. Sus ojos eran negros como el carbón, duros como el acero. Su mandíbula cuadrada. Su presencia imponente.Mateo Beltrán.Iba a seguir caminando. Pero algo lo hizo volver la mirada.La mujer.La mujer que el viejo arrastraba. Estaba pálida, demacrada. Sus ojos estaban vidriosos, perdidos. Su cabeza colgaba hacia un lado, como si el cuello no pudiera con su peso. Y sus
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