Mundo ficciónIniciar sesiónUna semana después.
Violet apenas había salido de su habitación en siete días.
La renuncia al Neón Bar había sido un acto de dignidad, pero también un acto de autodestrucción. Sin trabajo, sin dinero, sin nada. Solo el eco de las palabras de su madre resonando en su cabeza.
"Eres una inservible."
Cada mañana, cuando bajaba a la cocina, su madre la recibía con la misma cantaleta.
—¿Ya encontraste trabajo?
—No, mamá. Estoy buscando.
—Buscando. Siempre buscando. ¿Y mientras tanto? ¿Que maten a tu hermano?. Si hubieras aceptado esa cita.
Violet apretaba los puños. Las uñas se le clavaban en las palmas.
—Mamá, él me violó...
—¡Me importa una m****a lo que te hiciera! —escupió Sofía—. ¡Tenías que aguantar! ¡Tenías que cerrar los ojos y pensar en tu hermano! Pero no. Tú solo piensas en ti.
—No es verdad.
—¿Que no es verdad? —Ricardo apareció en la puerta. Su cara enrojecida por la furia, los ojos inyectados en sangre—. Entonces, ¿por qué Álex sigue secuestrado?.
El teléfono de Violet vibró.
Una foto.
Álex no aparecía en ella. Solo su mano. Atada a una silla. Los dedos manchados de sangre seca. Las uñas rotas. Y al lado, sobre una mesa de madera, un cuchillo filudo. Grande. Con la hoja brillando bajo una luz fluorescente. Era una advertencia.
Violet sintió el golpe en el pecho. El teléfono cayó al suelo.
Su madre lo recogió. Miró la foto. Su cara se torció en una mueca de odio.
—Mira —dijo, mostrándole la foto a Ricardo—. Mira lo que le hacen a tu hijo. Mientras ella está aquí, lamentándose por su dignidad.
—No voy a dejar que le hagan eso —dijo Violet, con la voz quebrada—. Voy a encontrar la forma de conseguir el dinero.
Subió a su habitación. Cerró la puerta. Se sentó en el borde de la cama.
Agarró el teléfono. Abrió F******k. Y entonces lo encontró.
Un grupo cerrado. "Compañía Premium, Solo para caballeros". "Mujeres elegantes para acompañar a hombres de alto poder. Pagos en efectivo."
Violet dudó. Sus dedos temblaron.
Pero Álex se estaba muriendo.
Apretó los dientes. Presionó "Solicitar unirme".
Esa misma noche, en la otra punta de la ciudad, Mateo Beltrán estaba sentado en su oficina.
Los ventanales mostraban la ciudad iluminada como un tablero de luces. Pero él no miraba la vista. Miraba el teléfono.
Su familia lo estaba presionando. Otra vez. Su abuelo, antes de morir, había puesto condiciones absurdas en el testamento. Si Mateo no se casaba antes de los treinta y cinco años, perdería el control del imperio. Todo lo que había construido, todo lo que había sacrificado, pasaría a manos de su primo, un inútil que solo sabía gastar dinero.
Y su padre, siempre su padre, presionando siempre.
Mateo estaba harto. Harto de las presiones. Harto de las llamadas. Harto de que todos le dijeran lo que tenía que hacer con su vida.
Solo quería una cosa. Una novia falsa. Alguien que lo acompañara en eventos, que sonriera en las fotos, que callara cuando fuera necesario. Alguien a quien pagar y olvidar.
Se metió en el grupo de Compañía Premium. Necesitaba una mujer. No para sexo. Para actuar.
Empezó a revisar los perfiles. Mujeres guapas, jóvenes, todas sonriendo con la misma sonrisa falsa. Descartó una. Descartó otra. Descartó doce.
Hasta que llegó al número trece.
Y el mundo se detuvo.
Era ella.
Mateo sintió el golpe en el pecho. El aire se le escapó de los pulmones. La sangre se le heló y se encendió al mismo tiempo.
Los ojos color miel que lo habían perseguido en sueños durante días. El pelo castaño, cayendo en ondas sobre los hombros. Esos labios que había besado hasta que ardieron. Esa boca que había susurrado "hazme tuya" contra su oído.
Mateo sintió el calor recorrerle la piel. La temperatura subió varios grados. Su cuerpo la reclamaba. La recordaba. Cada curva. Cada gemido. Cada segundo de esa noche que había jurado olvidar.
Recordaba el olor de su piel. A vainilla y a sudor y a algo dulce. Recordaba el sabor de su boca. A ron y a miel. Recordaba la forma en que lo había mirado justo antes de que todo se desbordara. Recordaba haberse quedado despierto después de que ella se durmiera, mirándola, sintiendo su respiración contra su pecho.
Había sido solo una noche. Había jurado que no volvería a verla. Que era un error. Que no volvería a caer.
Pero ahí estaba su foto. Mirándolo desde la pantalla del teléfono. Y su cuerpo la reclamaba. La deseaba. La necesitaba.
Sus dedos ya estaban escribiendo.
"Necesito una mujer para un trato. Pago muy bien."
No era por sexo. Se dijo a sí mismo que no era por sexo. Era porque necesitaba una novia falsa. Era porque ella era la única que había llegado a él. Era porque el destino se lo ponía en bandeja.
Pero en el fondo sabía la verdad.
La quería cerca. La necesitaba cerca. Y usaba cualquier excusa para tenerla.
Su cuerpo la reclamaba. Y él era demasiado débil para negarse.
A la mañana siguiente, Violet tenía un mensaje.
"Hola. Necesito una mujer para un trato. Pago muy bien. Si te interesa, ven a esta dirección mañana a las 10 a.m. Pregunta por la señorita Lina. Trae identificación."
La torre era imponente. Mármol blanco y negro. Violet se vistió con lo mejor que tenía: un vestido negro sencillo, los tacones, el pelo suelto.
—Por Álex —se dijo—. Solo por Álex.
Lina la recibió.
—El cliente es muy selectivo —dijo, guiándola por un pasillo alfombrado—. Ha rechazado a doce candidatas. No sé por qué ha pedido verte a ti. Pero no lo decepciones.
—No lo haré —mintió Violet.
La sala de juntas estaba en el piso 25.
Ventanales enormes. Una mesa de cristal. Sillas de cuero blanco. Y allí, de espaldas a ella, un hombre.
—Siéntese —dijo, sin volverse.
La voz era grave. Fría. Cortante.
Violet obedeció.
Él se volvió.
Mateo Beltrán la miró. Sus ojos negros la recorrieron lentamente. Y sintió el golpe otra vez. El calor. El deseo. La necesidad.
Era ella. La misma mujer. La misma que lo había vuelto loco.
Ella no lo recordaba. Él lo sabía. Pero eso no importaba. La iba a tener cerca. Aunque fuera como empleada. Aunque fuera una mentira. La iba a tener.
—Soy Mateo Beltrán —dijo—. Necesito una novia falsa.
Violet levantó la vista y sintió que el aire se le escapaba.
No era un viejo verde. No era repulsivo. Era joven. Guapo. De una manera que dolía.
El traje oscuro le quedaba perfecto. Los hombros anchos. La cintura estrecha. El pelo oscuro, ligeramente desordenado. Y esos ojos negros como el carbón, que la miraban como si ya la conocieran.
Él la miró largamente. Sus ojos recorrieron su rostro, su cuello, sus manos. Y entonces, Violet lo vio.
Tragó saliva.
Un movimiento mínimo. Casi imperceptible. Pero ella lo vio. La nuez de su garganta se movió, lenta, como si estuviera conteniendo algo. Como si estuviera luchando contra sí mismo.
Y en ese instante, Violet sintió un calor recorrerle el pecho. Un cosquilleo en el estómago. Algo que no sentía desde hacía años.
—¿Qué te pasa? —se dijo a sí misma, en silencio—. Contrólate. No es para esto. No es para sentir.
Pero sus ojos no podían apartarse de él. De su mandíbula cuadrada. De la cicatriz en su ceja. De la forma en que sus dedos largos descansaban sobre la mesa de cristal.
—¿Una novia falsa?
—Mi familia me presiona. Hay una herencia de por medio. Si no cumplo, pierdo el control del imperio.
—¿Por qué no se casa de verdad?
—Porque no creo en el amor —respondió él, y su voz se endureció.
—¿Cuánto paga?
Deslizó la hoja. Cien mil dólares al mes.
—Hay condiciones. No podrás aceptar otros clientes. No podrás tener relaciones con otros hombres.
—¿Y el sexo?
Mateo sintió el calor subirle por el cuello. La recordaba. La deseaba.







