Mundo ficciónIniciar sesiónLa sala de juntas seguía envuelta en un silencio tenso.
Mateo Beltrán la miró largamente. Sus ojos negros, fríos como el carbón, la examinaron con una intensidad que la hacía sentir desnuda.
—No habrá sexo —dijo, y su voz fue cortante como el filo de un cuchillo—. El contrato lo deja claro. Relación estrictamente profesional. Nada de besos fuera de los eventos donde sea necesario aparentar. Nada de insinuaciones. ¿Entendido?
Violet asintió, sintiendo una mezcla de alivio y algo más. Algo que no quería nombrar.
Pero entonces, él se inclinó hacia adelante. Sus dedos largos y elegantes se entrelazaron sobre la mesa de cristal. Y su voz bajó varios tonos, volviéndose un susurro peligroso.
—Sin embargo... —dijo, y la pausa fue deliberada, calculada—. El contrato tiene una cláusula adicional. Opcional. Solo si tú decides aceptarla.
Violet sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué cláusula?
Mateo la miró fijamente. Sus ojos negros la perforaron como si estuvieran viendo a través de ella.
—Si me das un heredero —dijo, despacio, mordiendo cada palabra—, la suma mensual será diez veces mayor.
El aire se escapó de los pulmones de Violet.
—¿Diez veces?
—Un millón de dólares al mes —respondió él, sin inmutarse—. Durante todo el embarazo. Y después del nacimiento, una bonificación de diez millones. Además de un apartamento a tu nombre. Y una cuenta de ahorros para tu futuro.
Violet sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Un millón de dólares al mes. Con eso podía salvar a Álex diez veces. Podía comprar una casa. Podía huir de sus padres para siempre. Podía empezar una vida nueva.
Violet cerró los ojos. Sintió la sangre latirle en las sienes. La imagen de Álex. La sangre en su cara. El cuchillo. La mano atada.
Abrió los ojos. Miró a Mateo.
—Acepto —dijo—. La segunda opción.
—¿Estás segura?
—Necesito el dinero.
—Entonces firma aquí —dijo, deslizándole un bolígrafo plateado—. Y aquí. Y aquí.
Violet cogió el bolígrafo. Firmó. Una vez. Dos veces. Tres.
Mateo guardó la carpeta en su maletín. Sacó un sobre de su chaqueta. Era grueso. Muy grueso. Lo deslizó sobre la mesa hacia ella.
—Toma. Es un adelanto.
Violet abrió el sobre. Billetes. Fajos de billetes. Nunca había visto tanto dinero junto.
—Esto es demasiado.
—Es el precio de una vida —respondió Mateo—. Y la tuya, a partir de ahora, me pertenece.
Violet sintió un escalofrío. Pero también sintió esperanza.
—Gracias —susurró.
Mateo la miró largamente. Algo en sus ojos se movió. Algo que no supo descifrar.
—A partir de mañana, vives conmigo. Mi abogado pasará a recogerte al mediodía. No lleves nada. Allí tendrás todo lo que necesitas.
Violet asintió. Apretó el sobre contra su pecho.
Salió de la torre caminando sobre una nube. El sobre de dinero latía contra su pecho como un corazón prestado. El mundo parecía más brillante, como si el sol hubiera decidido celebrar con ella.
—Álex —susurró, y el nombre le supo a esperanza—. Ya casi estás a salvo.
Llegó a su casa. Empujó la puerta. El olor a humo y alcohol rancio le golpeó la cara, pero esta vez no la hundió. Tenía el dinero. Tenía el poder de salvar a su hermano.
Su madre estaba en el sofá, con un cigarro apagándose entre los dedos. Su padre en la mesa, con la botella vacía y la mirada perdida. Nadie la miró.
—Ya tengo el dinero —dijo Violet, y su voz sonó más fuerte de lo que esperaba.
Sofía levantó la cabeza. Exhaló una bocanada de humo. Sus ojos fríos recorrieron a Violet de arriba abajo, evaluándola como se evalúa a un extraño.
—Ya era hora —dijo, sin preguntar cómo, sin preguntar si estaba bien.
Ricardo asintió. Un gesto seco. Como si ella hubiera cumplido con una obligación, no con un milagro.
Violet sintió el vacío en el pecho. Pero ya no dolía. Estaba acostumbrada.
Sofía le arrojó un papel arrugado. Cayó al suelo. Violet lo recogió con manos temblorosas.
—Aquí está la dirección. Si no entregas hoy, mañana te envían un cajón con tu hermano dentro.
—¿No van a venir conmigo? —preguntó Violet, aunque sabía la respuesta.
Sofía soltó una risa amarga.
—Ve y haz algo útil por una vez.
Violet sintió el golpe. Pero ya no le dolía como antes. Salió sin mirar atrás.
La bodega estaba en medio de la nada.
El camino de tierra lleno de baches, el cielo naranja y rojo, el viento silbando entre las grietas. Violet sintió el miedo en el estómago, pero también la determinación. Había llegado demasiado lejos para rendirse.
Entró. El olor a humedad y óxido le golpeó la cara. En el centro, atado a una silla, estaba Álex. Irreconocible. Pómulos marcados. Labio partido. Moretones en el cuello. Muñecas ensangrentadas.
—¡Hermana! —gritó, y su voz se rompió como un espejo al caer—. ¡Sáquenme de aquí!
Violet sintió que el corazón se le partía. Quiso correr. Pero una voz grave surgió de las sombras.
—Alto ahí.
Un hombre robusto salió de la oscuridad. Pasamontañas. Pistola. Navaja. El miedo le recorrió la columna como hielo.
—El dinero —dijo.
Violet abrió la mochila. Sacó el sobre. Lo sostuvo en alto.
—Primero mi hermano.
El hombre se acercó. Sus dedos sucios le levantaron la barbilla. Su aliento agrio le rozó la mejilla.
—Eres muy guapa —susurró—. En vez del dinero, dame una noche. Y tu hermano sale caminando.
Violet sintió el asco subirle por la garganta. El miedo le temblaba en las piernas. Pero apretó los dientes y se mantuvo firme. No podía mostrar debilidad. No ahora. No después de todo.
—No. Suéltalo. O el dinero desaparece.
El hombre la miró. Vio el fuego en sus ojos. Algo en su mirada cambió.
—Está completo —dijo otro hombre desde atrás—. Sueltenlo.
Cortaron las cuerdas. Álex cayó al suelo. Violet corrió hacia él. Lo abrazó con todas sus fuerzas. Sintió su cuerpo delgado, frío, tembloroso. Sintió sus lágrimas calientes en su cuello.
—Ya pasó —susurró, con la voz rota—. Ya pasó, hermano. Te saqué de aquí. Ahora vamos a casa.
—Lo siento, hermana —susurró Álex—. Quería ayudarte. Quería sacarte del bar. Pero todo salió mal.
—Cállate —dijo Violet—. No importa. Ya estás a salvo.
Lo ayudó a levantarse. Salieron de la bodega. La luz del atardecer los cegó. No miraron atrás.
No vieron al hombre de traje oscuro que tomaba fotos detrás de un árbol.
El teléfono de Mateo vibró sobre la mesa de cristal.
Las fotos. Las abrió una por una, con los dedos tensos y la mandíbula apretada. Violet abrazando a un hombre. Sus rostros juntos. Sus cuerpos pegados. Como si fueran amantes.
Las fotos eran desde atrás. No se veía la cara del hombre. No se veían los moretones. Solo se veía a Violet abrazando a otro hombre. Y eso era suficiente para que la rabia le quemara las entrañas.
—Claro —murmuró, con una sonrisa fría que no llegaba a sus ojos—. Para eso querías mi dinero. Para estar con tu amante.
Apretó los puños. La sangre le hervía en las venas. La había visto. La había deseado. La había necesitado. Y ella solo lo había usado. Su cuerpo la reclamaba. La recordaba. Cada curva. Cada gemido. Y ahora, la imagen de ella en brazos de otro hombre le quemaba la piel.
Escribió un mensaje: "Alístate. El chófer va por ti. Desde esta noche te quedas conmigo."
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En la casa de Violet, Sofía y Ricardo abrazaban a Álex como si fuera un niño pequeño. Le traían agua, le secaban la frente. Nadie miró a Violet.
—¡Mi hijo! —gritaba Sofía—. ¡Mi niño!
—Estoy bien, mamá —decía Álex, con voz débil—. Mi hermana me salvó...
—Cállate —dijo Sofía, acariciándole la mejilla—. No hables. Descansa.
Violet dio un paso adelante.
—Mamá, papá —dijo, con voz firme—. Quiero decirles algo.
Nadie la miró. Sofía seguía arreglando el cabello de Álex. Ricardo seguía sentado, con la mirada perdida. Como si ella no existiera.
—Quiero decirles algo —repitió, más fuerte.
Sofía levantó la cabeza apenas. La miró con desprecio.
—¿Ahora qué? ¿No ves que estamos con tu hermano?
Violet sintió el golpe en el pecho. Abrió la boca para hablar.
El teléfono vibró en su mano. El mensaje de Mateo: "Súbete al auto. Ya. No espero más."
Violet miró el mensaje. Miró a su familia. Nadie la miraba. Nadie esperaba nada de ella.







