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Capítulo 2: El precio de la desesperación

El sueño de Violet era pesado, oscuro, un refugio contra el mundo. Pero la puerta de su habitación se abrió de golpe, estrellándose contra la pared con un ruido que la arrancó de la inconsciencia.

—¡Levántate!

La voz de su padre era un latigazo. Violet abrió los ojos, desorientada. La luz de la mañana entraba a raudales por la ventana sin cortinas. Y allí, de pie junto a su cama, estaba Ricardo. Su aliento apestaba a alcohol. Sus ojos estaban inyectados en sangre.

—¿Qué...? —atinó a decir Violet, pero él ya la había agarrado del brazo. Sus dedos se hundieron en su carne como garras.

—Alístate —gruñó, levantándola de la cama con violencia—. No hay tiempo.

—¡Papá! —gritó ella, forcejeando—. ¿Qué haces? ¿Adónde me llevas?

—A salvar a tu hermano —respondió él, arrastrándola por el pasillo—. El hombre que va a darnos el dinero te espera.

—¿Qué hombre?

—El que va a ser tu esposo, Violet. —Ricardo la empujó hacia las escaleras—. Félix Mendoza. Es viudo. Tiene dinero. Es nuestra única oportunidad.

Violet sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Intentó soltarse, pero la mano de su padre era de hierro.

—No voy a casarme con un desconocido...

—¡Cállate! —El grito resonó en la casa vacía—. Tu hermano está secuestrado. Si no pagamos, lo van a descuartizar. ¿Entiendes eso? ¡Lo van a descuartizar! Y si eso pasa, será tu culpa. Tuya.

La empujó por la puerta de la casa. Violet cayó de rodillas en la acera. Cuando levantó la cabeza, la puerta ya se había cerrado.

Se levantó despacio. Las rodillas le sangraban. Las manos le temblaban. No tenía elección.

La cita fue en un café elegante, de esos que ella nunca había pisado. Lámparas de cristal. Mesas de mármol. Olor a café caro y a perfumes de mujer. Pero Violet no veía nada de eso. Solo el vacío en el pecho.

Y allí, en la mesa del fondo, la esperaba Félix Mendoza.

Era repulsivo. Viejo. Piel colgante como cortinas sucias, llena de manchas oscuras. Ojos amarillentos, hundidos en cuencas arrugadas, que la devoraban con una lujuria viscosa. Labios finos y húmedos, como dos gusanos. Manos temblorosas, con uñas amarillas y dedos torcidos por la artritis. Y el olor... un olor a cebolla podrida, a sudor de viejo, a tabaco rancio, que llegó hasta ella antes de que él abriera la boca.

—Siéntate —dijo, con una voz pastosa.

Violet se sentó. Él le tomó la mano y la acarició con un pulgar húmedo.

—Eres más guapa que en la foto —dijo—. Si te portas bien, te daré la vida que nunca tuviste.

Su mano subió por la muñeca de Violet. La piel de ella se erizó de asco. Sintió las arcadas subirle por la garganta. Quería gritar. Quería salir corriendo. Quería desaparecer.

No pudo. Se levantó de golpe. La silla cayó al suelo. El ruido resonó en el café.

—¡No puedo! —gritó—. ¡No puedo hacer esto! —Y salió corriendo.

Violet llegó a casa arrastrando los pies. 

Su madre estaba sentada en el sofá. Llorando. Tenía una foto en la mano. La foto de Álex. 

Esta era peor.

Álex estaba en una tina. El agua le cubría el pecho. La cabeza le colgaba hacia atrás, y el agua estaba turbia, como si alguien la hubiera revuelto. Tenía los ojos cerrados. La cara hinchada. Moretones en el cuello. Y una soga alrededor de las muñecas, atada a algo fuera de la foto.

—Mira lo que le hicieron —dijo Sofía, con la voz rota—. Mira lo que le hicieron a mi hijo.

Ricardo estaba de pie junto a la ventana. Su cara estaba pálida. Sus manos temblaban.

—¿Dónde está el dinero? —preguntó, sin mirarla.

—No pude —susurró Violet—. Es un viejo asqueroso. No pude...

La bofetada le estalló en la mejilla antes de que pudiera terminar la frase. La cabeza le giró. Sintió el sabor de la sangre en el labio. Cayó de rodillas.

—¡Inútil! —gritó su padre—. ¡Eres una inútil! No sirves para nada. Ni siquiera para esto.

—Papá, por favor...

—¡Cállate! —gritó Sofía, levantándose del sofá. Su cara era una máscara de odio—. ¡Cállate! No quiero oír tu voz. No quiero verte. Eres una desgraciada. 

Violet sintió el golpe en el pecho. Más fuerte que la bofetada. Se quedó en el suelo, con la mejilla ardiendo y el corazón hecho pedazos.

Pasaron los días.

Cada día, sus padres le recordaban que era una inútil, que era egoísta por no salvar a su hermano.

El sábado, volvió al Neon Bar.

Era el único lugar donde había conseguido trabajo. La única forma de ganar dinero. Aunque fuera poco. Aunque fuera humillante.

El bar estaba lleno. Las luces rojas y azules parpadeaban. El humo de los cigarros flotaba en el aire. Violet se puso el uniforme. 

Todo era normal. Todo era su vida.

—¡Violet! —la llamó Mario desde la barra.

Fue. Mario estaba hablando con alguien. Un hombre de espaldas a ella. Llevaba un traje caro.

Mario cogió un sobre grueso de las manos del hombre. Lo abrió. Contó los billetes. Sus ojos se iluminaron.

—Violet —dijo, volviéndose hacia ella—. Hoy no atiendes a nadie más. Solo a él. La mesa nueve. Ha pagado muy bien.

El hombre de espaldas se giró.

Félix Mendoza.

Violet sintió que el corazón se le paraba.

—No —susurró—. Por favor, Mario. Con él no.

Mario la agarró del brazo. Sus dedos se hundieron en su carne.

—Esta es tu última oportunidad, Violet. Si no lo haces, te vas. ¿Entendido? Te vas y no vuelves. 

Violet sintió el mundo girar a su alrededor.

Cogió la bandeja con la botella de ron añejo. Caminó hacia la mesa nueve. Cada paso era una condena. Los tacones le mordían los pies. La botella le quemaba los dedos. El corazón le latía tan fuerte que sentía que iba a estallar.

Llegó. Dejó la botella sobre la mesa.

Félix la miró desde abajo. Sus ojos amarillentos brillaban con morbo. Su boca babosa dibujó una sonrisa torcida, cruel.

—Otra vez tú —dijo, con una voz que era puro veneno—. ¿Ves? El mundo da muchas vueltas.

—Siéntate —ordenó—. No voy a repetirlo.

Violet se sentó.

Félix le sirvió un trago de ron. Llenó el vaso hasta el borde.

—Toma, zorra. Bebe.

La palabra zorra le pegó en la cara como una bofetada.

Bebió. El ron le quemó la garganta.

Félix le puso la mano en el muslo. Su mano vieja, fría, con dedos torcidos que se clavaron en su carne. Violet sintió el asco. Quiso apartarla. Pero sus brazos no respondían.

El mundo empezó a girar más rápido. Las luces rojas y azules se mezclaron en un borrón. El ruido del bar se volvió lejano. La mano de Félix subía, subía. Y ella no podía hacer nada.

—Ya está bien —dijo Félix, levantándose—. Vámonos.

La agarró del brazo. La levantó de la silla. Las piernas de Violet no respondían. Eran dos trapos mojados que se arrastraban por el suelo.

Cruzaron el bar hacia la puerta. Violet intentó agarrarse a algo. Una silla. Una mesa. La barra. Pero sus dedos resbalaban.

Mario apareció delante de ellos.

—Que la pases bien —dijo.

Pero no lo dijo por ella. Lo dijo por el sobre que Félix le acababa de pasar. Tres fajos de billetes. Gruesos. Atados con gomas elásticas.

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