El auto se detuvo frente al restaurante más exclusivo de la ciudad. Un edificio de cristal y acero, iluminado por lámparas de diseño que proyectaban sombras doradas sobre la entrada alfombrada. Violet miró por la ventanilla y sintió que el corazón se le aceleraba. Las manos le sudaban. El vestido rojo que llevaba, aunque hermoso, de repente le pesaba como una losa.
—No te preocupes —dijo Mateo, con su voz fría pero firme—. No va a pasar nada. Solo sonríe y asiente.
—¿Y si tu papá me pregunta al