En el interior del lugar se encontraba aquella bestia alcoholizada, con los ojos inyectados en sangre y una sonrisa torcida que delataba su estado de absoluta soberbia.
Sus hombres también tomaban sin la menor preocupación en los rincones de la sala; se creían los reyes del mundo, inmunes a cualquier peligro gracias al peso del maldito apellido: "De Santis".
Alán caminó con paso firme, aunque por dentro un torbellino de odio y desesperación amenazaba con romper su compostura. Contuvo la r