Lo demás pasó demasiado rápido, en un torbellino de pólvora y gritos que fracturó el aire.
Unos hombres encapuchados, armados hasta los dientes, irrumpieron en el lugar tras derribar la puerta principal.
Cubrieron la cabeza de De Santis con una bolsa de tela negra y, sin el menor rastro de cuidado, lo sacaron a rastras de la sala entre sus alaridos desesperados y sus patéticos pedidos de auxilio dirigidos a su primo.
El terror del cobarde llenó el espacio. Los recién llegados no mostraron pie