—Vamos a casa —susurró él con una voz suave que erizó la piel de su nuca.
Lena se quedó callada, con la mirada fija en el techo de la suite. Alán no dejó de dar suaves caricias a su espalda con la palma de la mano. El silencio se prolongó y, luego de unos minutos, él repitió su petición con el mismo tono bajo.
Ella bostezó sin poder evitarlo. Se sentía cansada por el estrés de los últimos días, algo hinchada de la cara y comenzaba a tener un hambre voraz.
—¿A tu departamento? —preguntó ella.