—No, Montoya. Nadie en su sano juicio es tan estúpido como para enfrentarse al hijo de De Santis —le dijo Marco, un matón de bajo rango y amigo suyo, al teléfono, con una tranquilidad propia de quien tiene casi toda su vida vinculada al crimen organizado.
Alán lo sabía a la perfección. Se supone que por esa misma razón Enzo De Santis era el hombre al que le pagaba una cuantiosa suma mensual por protección; sin embargo, ¿cómo podía resguardarlo el viejo capo de la estupidez y la soberbia de su