Alán salió de la oficina con el celular pegado a la oreja; el plástico caliente contra su piel era el único vínculo con el desastre. Insistió en marcar el número de Lena con una fijeza obsesiva, mientras los dedos le temblaban sobre la pantalla táctil. En su mente se instaló una tortura nítida: la imaginó asustada, arrinconada en un rincón oscuro, lastimada y golpeada por esos hijos de puta. El estómago se le revolvió por una mezcla de náusea y una impotencia salvaje que le quemó la garganta.