Cuando Alán cruzó la puerta de su departamento, tenía los hombros tensos y una molesta punzada en la sien que le nublaba la vista.
El silencio de su espacio habitual no bastó para calmar el zumbido de la adrenalina tras todo lo ocurrido ese día.
Sacó el celular, le mandó un mensaje rápido a Lena con el reporte de su llegada y le pidió unos veinte minutos de tregua; iba a cambiarse de ropa, a deshacerse del olor a humo del casino, y de inmediato subiría a verla.
Sin embargo, sus planes se des