Él respondió al instante. Pegó el aparato a su oreja y escuchó la respiración agitada de la mujer a través de la línea.
—No debes ir… —le dijo ella con la voz rota por la angustia, un tono que a Alán le caló hondo—. Es un lugar peligroso.
—Es necesario —replicó él con una firmeza que buscó transmitir calma—. Voy a estar bien, te lo prometo. Solo es un asunto de trámite.
—Quiero ir contigo —insistió ella de inmediato, sin dar su brazo a torcer.
—No.
—Si vas a estar bien, ¿entonces por qué