Cuando los hombres avanzaron hacia ella por el pasillo del departamento, Harper notó que de cerca eran todavía más aterradores.
La envergadura de sus hombros y las cicatrices que marcaban sus rostros curtidos no dejaban espacio a las dudas; pertenecían al mundo criminal.
Su cuerpo tembló de la cabeza a los pies, presa de una debilidad física que la dejó sin fuerzas.
Pensó, con una claridad espantosa, que ese sería su fin.
Un temor más grande se apoderó de ella, y si eso no era su final. Si